Roberto despertó con una muñeca fracturada y varios golpes.
Su esposa permaneció inconsciente durante seis semanas.
Cuando finalmente abrió los ojos, los médicos explicaron que había sufrido una lesión cerebral grave.
Podía reconocer algunos rostros y pronunciar frases, pero había perdido gran parte de su movilidad y necesitaba ayuda para las actividades más sencillas.
Su memoria también había quedado afectada.
Algunos días recordaba conversaciones de muchos años atrás. Otros no sabía qué había desayunado ni podía ubicar correctamente la fecha.
—Tenía veinte años, Elena —dijo Roberto, quebrándose—. Veinte años y toda una vida por delante.
Me contó que, durante los primeros meses, Adriana lloraba porque no comprendía por qué sus piernas no le respondían.
Preguntaba cuándo regresaría a su casa.
Preguntaba si todavía podía trabajar con niños.