Habíamos reunido a más de cien familiares para celebrar nuestros 25 años juntos cuando la novia de mi hijo preguntó inocentemente: “Señor, ¿su esposa sigue internada?”. Mi marido soltó mi cintura y respondió: “Te equivocaste de persona”. Yo terminé la fiesta sin decir nada. Días después encontré una fotografía escondida en su Biblia, y lo que decía detrás me llevó a investigar su primera boda.

Preguntaba por qué Roberto tenía una cicatriz en la muñeca.

Él nunca encontró la manera de explicarle completamente lo sucedido.

La madre de Adriana lo había enfrentado en el hospital.

—Tú ibas manejando. Tú insististe en salir cansado. Ahora no puedes abandonarla.

Roberto le prometió que jamás lo haría.

Con el tiempo, la familia consiguió atención especializada. Parte de los gastos se cubrieron mediante seguros y una indemnización relacionada con el accidente.

Adriana terminó ingresando a un centro de cuidados permanentes.

—Yo iba a verla cada semana al principio —continuó—. Después cambiaron mis horarios de trabajo y empecé a ir una vez al mes. Siempre el mismo jueves.

Entonces llegó la confesión que terminó de destruirme.

—Cuando te conocí en aquella fonda, yo seguía casado con ella. Nunca dejé de estarlo.

Recordé nuestra primera cita.

Roberto había pedido permiso para sentarse a mi lado porque el lugar estaba lleno. Terminó comiéndose la mitad de mis chilaquiles y me invitó a cenar para compensarlo.

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