Habíamos reunido a más de cien familiares para celebrar nuestros 25 años juntos cuando la novia de mi hijo preguntó inocentemente: “Señor, ¿su esposa sigue internada?”. Mi marido soltó mi cintura y respondió: “Te equivocaste de persona”. Yo terminé la fiesta sin decir nada. Días después encontré una fotografía escondida en su Biblia, y lo que decía detrás me llevó a investigar su primera boda.

Adriana y Roberto se habían conocido en la preparatoria, en Guadalajara.

Ella quería estudiar para educadora. Le encantaban los niños y soñaba con abrir una pequeña escuela. Roberto trabajaba repartiendo mercancías y descargando camiones para ahorrar lo necesario y comprar una casa.

Se casaron en junio de 1997.

Durante el primer año fueron felices.

Hasta la noche del 14 de noviembre de 1998.

Habían ido a visitar a una hermana de Adriana. Roberto llevaba dieciséis horas trabajando entre su ruta y un turno extra en una bodega.

Su esposa le había pedido que descansara antes de conducir.

—Me dijo que estaba demasiado cansado —confesó—. Le contesté que faltaba poco para llegar y que no exagerara.

En una curva de la carretera libre, Roberto se quedó dormido al volante.

La camioneta se salió del camino y golpeó una estructura de concreto del lado donde viajaba Adriana.

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