Adriana y Roberto se habían conocido en la preparatoria, en Guadalajara.
Ella quería estudiar para educadora. Le encantaban los niños y soñaba con abrir una pequeña escuela. Roberto trabajaba repartiendo mercancías y descargando camiones para ahorrar lo necesario y comprar una casa.
Se casaron en junio de 1997.
Durante el primer año fueron felices.
Hasta la noche del 14 de noviembre de 1998.
Habían ido a visitar a una hermana de Adriana. Roberto llevaba dieciséis horas trabajando entre su ruta y un turno extra en una bodega.
Su esposa le había pedido que descansara antes de conducir.
—Me dijo que estaba demasiado cansado —confesó—. Le contesté que faltaba poco para llegar y que no exagerara.
En una curva de la carretera libre, Roberto se quedó dormido al volante.
La camioneta se salió del camino y golpeó una estructura de concreto del lado donde viajaba Adriana.