Habíamos reunido a más de cien familiares para celebrar nuestros 25 años juntos cuando la novia de mi hijo preguntó inocentemente: “Señor, ¿su esposa sigue internada?”. Mi marido soltó mi cintura y respondió: “Te equivocaste de persona”. Yo terminé la fiesta sin decir nada. Días después encontré una fotografía escondida en su Biblia, y lo que decía detrás me llevó a investigar su primera boda.

Después simplemente había permitido que transcurrieran los años.

Cuando la madre de Adriana murió en 2015, Roberto asumió formalmente su tutela mediante un procedimiento judicial. Desde entonces autorizaba sus tratamientos, atendía cuestiones administrativas y era su principal contacto en el centro.

—¿Y qué le dices cuando la visitas? —pregunté.

Me miró sorprendido.

—¿Cómo?

—Te vi desde la ventana. Vi cómo le dabas de comer y le cepillabas el cabello. Estuviste hablando con ella más de una hora. Quiero saber de qué.

Roberto tardó en contestar.

—Le cuento de ti.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿De mí?

—De ti, de Mateo, de tu estética, de la casa. Le cuento cómo nos va. Le llevo fotografías. A veces recuerda las historias y me pregunta qué pasó después.

Me levanté de la silla.

—¿Le hablas de nuestra familia?

—Sí.

—¡Ella sabía que yo existía y yo nunca supe que ella existía!

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