Durante años contamos esa anécdota en reuniones familiares.
Ahora tenía otro significado.
—¿Por qué me pediste matrimonio? —pregunté.
—Porque me enamoré de ti.
—No. No utilices eso como explicación. Pudiste enamorarte de mí y decirme la verdad.
Roberto bajó la cabeza.
—Tenía miedo de que me dejaras.
Solté una carcajada amarga.
—Entonces decidiste quitarme el derecho a elegir.
No respondió.
—¿Sabes cuántas veces defendí nuestra relación cuando otras personas se burlaban de que fueras tan reservado? ¿Cuántas veces les dije que yo tenía un esposo en quien podía confiar?
Roberto empezó a llorar.
—Lo sé.
—No sabes nada. Yo entregué veinticinco años de mi vida a una persona que nunca me permitió conocerla completamente.
Le pregunté por qué jamás había solicitado formalmente el divorcio de Adriana.
Me explicó que su madre se había opuesto y que él mismo se había sentido incapaz de hacerlo mientras ella dependiera de otros para tantas cosas.