Roberto se cubrió el rostro.
—Era el único lugar donde podía hablar sin fingir.
Aquella frase me dolió incluso más que las actas matrimoniales.
Mi esposo había utilizado a una mujer profundamente vulnerable como depositaria de la verdad que me negaba a mí.
Esa noche Roberto se ofreció a irse.
Le dije que preparara sus cosas.
Se marchó a casa de su madre con una mochila y dos cambios de ropa.
Yo me quedé sola en una vivienda donde cada objeto parecía guardar una mentira.
En la sala tenía un sillón antiguo de terciopelo azul.
Lo habíamos comprado en un tianguis poco después del nacimiento de Mateo. Roberto lo había cargado él solo hasta nuestra casa porque sabía cuánto me gustaba.
Allí había alimentado a mi hijo cuando era bebé, esperado resultados médicos y pasado noches enteras leyendo.