Aquella madrugada me quedé sentada en ese sillón mirando las fotografías familiares.
Veinticinco años.
No sabía cuáles recuerdos conservar ni cuáles debía odiar.
Durante los días siguientes trabajé como siempre.
Sonreía mientras cortaba cabello, escuchaba las historias de mis clientas y recomendaba tratamientos.
Pero cuando cerraba la estética, sentía que me estaba desmoronando.
Patricia, mi abogada, me explicó las opciones legales.
Podíamos iniciar el procedimiento correspondiente por la invalidez de nuestro matrimonio, proteger mis derechos patrimoniales y exigir que Roberto respondiera por los daños derivados de su engaño.
También existía la posibilidad de denunciar los hechos ante las autoridades competentes.
—Lo que hizo fue grave, Elena —me dijo—. Haber mantenido a Adriana no le daba derecho a engañarte.
Estaba de acuerdo.
Sin embargo, había una pregunta que no conseguía quitarme de la cabeza.