Habíamos reunido a más de cien familiares para celebrar nuestros 25 años juntos cuando la novia de mi hijo preguntó inocentemente: “Señor, ¿su esposa sigue internada?”. Mi marido soltó mi cintura y respondió: “Te equivocaste de persona”. Yo terminé la fiesta sin decir nada. Días después encontré una fotografía escondida en su Biblia, y lo que decía detrás me llevó a investigar su primera boda.

—Patricia, ¿qué ocurriría con Adriana si Roberto enfrentara un proceso penal y no pudiera seguir cuidando sus asuntos?

Mi abogada me explicó que sería necesario revisar su situación judicial y, si él dejaba de poder ejercer la tutela, gestionar la designación de otra persona apropiada.

Tal vez algún familiar.

Tal vez un tutor designado por el juzgado.

—No es tu responsabilidad —me recordó.

Lo sabía.

Pero ahora también sabía que había una mujer en Guadalajara que esperaba a Roberto junto a una ventana, con sus rosas amarillas y sus fotografías.

Ella no había participado en el engaño.

Tampoco había elegido aquella vida.

Una semana después llamé a Roberto.

—Quiero conocerla.

Guardó silencio.

—Elena, no creo que sea buena idea.

—No te estoy pidiendo permiso para sentir lo que siento. Te estoy pidiendo que gestiones una visita.

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