—Adriana puede confundirse. A veces se altera con las personas desconocidas.
—Entonces lo haremos de manera que ella esté cómoda. Pero necesito verla. Y necesito que dejes de decidir por mí.
Roberto habló con el personal del centro y consultó si era conveniente presentarnos.
Cuando confirmaron que podían organizar una visita tranquila, me llamó.
Fuimos el jueves 24 de septiembre.
Durante el trayecto casi no hablamos.
Roberto tomó la autopista de cuota, evitando la carretera donde había ocurrido el accidente.
Por primera vez comprendí su extraña costumbre de conducir siempre por el camino más largo.
Al llegar, la misma recepcionista nos recibió.
Me reconoció inmediatamente.
—Buenos días, señor Roberto. Ya nos avisaron de la visita.
Después me pidió una identificación.
Cuando la entregué, revisó la pantalla y frunció ligeramente el ceño.
—¿Usted es Elena Ramírez?
—Sí.
La mujer miró otra vez el expediente.