Me había convertido, sin mi consentimiento, en la persona que debía hacerse cargo de las consecuencias de sus decisiones.
La recepcionista aclaró que estar registrada como contacto no me convertía en responsable legal de nada.
Pero para mí aquella línea significaba muchísimo.
Seguimos por un pasillo iluminado hasta una sala amplia.
Había plantas junto a los ventanales y varias mesas donde algunos residentes realizaban actividades acompañados por el personal.
Adriana estaba junto a la ventana.
Llevaba una blusa amarilla con un girasol bordado y tenía una pequeña pinza rosa sujetándole el cabello.
Cuando vio a Roberto, levantó los brazos.
—¡Roberto!
Su sonrisa era exactamente la misma de la fotografía de 1996.
Mi esposo se acercó, la abrazó y le preguntó cómo había pasado la mañana.
Después se volvió hacia mí.
—Adriana, vino alguien que quiere saludarte. ¿Está bien?