Ella asintió.
Me acerqué lentamente.
Adriana me observó durante varios segundos.
Pensé que tendría que explicarle quién era.
Pero entonces levantó un dedo, señaló mi rostro y sonrió todavía más.
—Tú eres Elena.
No pude contestar.
—La del sillón azul.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Qué dijiste?
Adriana movió las manos emocionada.
—Tu sillón. Azul. Junto a la ventana. Ahí tomas café.
Roberto se quedó inmóvil detrás de mí.
Adriana continuó hablando despacio, buscando algunas palabras.
—Roberto lo llevó en su camioneta. Era pesado. Tú estabas contenta.
Me llevé las manos a la boca.
La mujer que tenía delante a veces no podía recordar lo que había comido una hora antes.
Pero sabía dónde me sentaba los domingos.
—También tienes un hijo —añadió—. Mateo. Ya está grande. Es electricista. Antes jugaba futbol.
Comenzó a reír.