—Una vez le cortaste el pelo muy cortito y se enojó.
Era verdad.
Mateo tenía diecisiete años cuando intenté arreglarle el cabello antes de su graduación. Había terminado cortándole más de lo necesario y estuvo dos días sin hablarme.
Nunca imaginé que Adriana conociera aquella historia.
—¿Roberto te contó todo eso? —pregunté.
Ella asintió.
—Me cuenta cosas bonitas. Que trabajas mucho. Que haces sentir bonitas a las señoras. Que Mateo es bueno. Que tienes flores en la ventana.
No pude contener las lágrimas.
Me senté frente a ella.
Adriana extendió lentamente una mano y tocó mi brazo.
—No llores, Elena.
Mi voz apenas salió.
—¿Sabes cuánto tiempo llevas escuchando historias de nosotros?
Ella pareció confundida por la pregunta.
Miró a Roberto y luego otra vez a mí.
—Muchos jueves —respondió finalmente.
Dos palabras.
Muchos jueves.
Veinticinco años de visitas escondidas resumidos en dos palabras.