Una cuidadora se acercó para preguntarnos si estábamos bien. Le pedí un pañuelo.
Entonces observé, a través de la puerta abierta, una pared de la habitación de Adriana.
Estaba cubierta de fotografías.
Reconocí inmediatamente a Mateo.
Había una imagen suya cuando tenía cinco años, vestido para un festival escolar.
Otra lo mostraba con uniforme deportivo.
También estaban su graduación de preparatoria y una fotografía reciente de nuestra fiesta de aniversario.
En esta última, mi hijo aparecía subido a una silla, sosteniendo un micrófono.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
Aquella mujer tenía en su habitación más recuerdos de mi hijo que algunos de nuestros propios familiares.
Y todas aquellas fotografías se las había llevado el hombre que mantenía separadas nuestras vidas.
Miré a Roberto.
Él tenía los ojos enrojecidos.