—No sabía si debía traerlas —murmuró—. Pero a ella le gustaba ver cómo crecía Mateo.
—¿Y nunca pensaste que nosotros teníamos derecho a saber de ella?
Roberto no respondió.
Adriana observó nuestros rostros.
No sé cuánto comprendió de aquella conversación, pero notó que algo estaba mal.
Me acarició la mano.
—Elena, eres buena —dijo—. Roberto siempre dice que eres buena.
Aquello terminó de romperme.
No porque lo perdonara.
Sino porque comprendí que llevaba días sintiendo celos de una mujer que jamás había intentado quitarme nada.
Adriana tampoco había elegido compartir un esposo.
La habían dejado atrapada en una historia que otros habían decidido por ella.
Me incliné y le tomé la mano.
—Mucho gusto, Adriana.
Ella sonrió.
—Puedes venir otro jueves.
Salimos del centro después de casi dos horas.
En el estacionamiento, Roberto quiso acercarse a mí.