Le pedí que mantuviera su distancia.
—Que hayas cuidado de ella no borra lo que me hiciste —le dije—. Y que yo sienta compasión por Adriana tampoco significa que vaya a perdonarte.
Asintió.
—Lo entiendo.
—No, Roberto. Durante veinticinco años dijiste que entendías muchas cosas. Ahora vas a demostrarlo con hechos.
Le expliqué que Patricia continuaría con los trámites legales y que él tendría que asumir todas las consecuencias patrimoniales de sus decisiones.
También le dije que no impediría sus visitas a Adriana.
Pero que tampoco volveríamos a vivir juntos.
Roberto aceptó.
Los meses siguientes fueron difíciles.
Mi abogada inició el procedimiento civil correspondiente. Roberto reconoció por escrito que yo había desconocido completamente su primer matrimonio y colaboró con los acuerdos para proteger mi patrimonio.
No discutió la propiedad de la estética, que estaba a mi nombre.
Respecto a nuestra casa, acordamos formalizar la transmisión de su parte a mi favor mediante los instrumentos legales necesarios.