Se mudó a un departamento pequeño cerca de su trabajo.
Continuó cumpliendo con los pagos que habíamos pactado y jamás volvió a pedirme que olvidara lo sucedido.
Decidí no presentar una denuncia penal en ese momento.
No fue una absolución.
Fue una decisión personal tomada después de hablar extensamente con Patricia, que me dejó claro que las posibles consecuencias legales no dependían únicamente de mis deseos.
Roberto seguía siendo responsable de sus actos.
Y yo necesitaba recuperar mi vida sin convertir cada día en otra batalla.
Mi hijo Mateo tardó más en encontrar su propio camino.
Durante varias semanas se negó a hablar con su padre.
—Toda mi infancia fue una mentira —me dijo una noche.
Le respondí algo que yo misma había tardado mucho en comprender.
—No, hijo. Tu infancia existió. Yo te amé de verdad. Tú fuiste feliz de verdad. Las mentiras de tu padre no convierten esos recuerdos en falsos.