Hoy tengo 48 años, una estética, un hijo al que adoro y un sillón azul junto a la ventana.
Y conservo una línea telefónica que casi nunca suena.
Pero si algún día llaman desde Guadalajara buscando a alguien que pueda acompañar a Adriana, contestaré.
Porque ella nunca fue mi enemiga.
Las dos fuimos mujeres a quienes el mismo hombre les arrebató la posibilidad de elegir.
Y aunque no puedo devolverle a Adriana la vida que perdió, ni recuperar los veinticinco años durante los cuales desconocí la verdad, al menos puedo decidir qué hacer con los años que todavía me quedan.
Roberto eligió vivir entre dos mujeres ocultando la verdad. Yo elegí seguir adelante sin él, pero sin abandonar mi humanidad.