Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
Aquella noche Roberto inventó otra explicación: visitaba a un antiguo amigo enfermo.
Entonces decidí comprobarlo.
El jueves siguiente lo seguí en mi automóvil hasta Guadalajara.
Lo vi comprar doce rosas amarillas y entrar al Centro Los Olivos.
Desde el estacionamiento alcancé a observarlo por una ventana. Se acercó a una mujer en silla de ruedas, la abrazó con una ternura que me partió el corazón y comenzó a peinarla.
Después le dio de comer lentamente, limpiándole la boca entre cucharadas.
Entré al edificio temblando.
—Disculpe, quisiera visitar a la señora Adriana.
La recepcionista consultó su computadora.
—Necesita autorización de su tutor legal.
—¿Y quién es?
La mujer sonrió.
—Su esposo, don Roberto Mendoza. Está con ella en este momento. Llevan muchos años casados.
Tuve que sujetarme del mostrador.
Yo acababa de celebrar mis bodas de plata con un hombre que, según aquel registro, llevaba casado con otra mujer desde mucho antes de conocerme.