Habíamos reunido a más de cien familiares para celebrar nuestros 25 años juntos cuando la novia de mi hijo preguntó inocentemente: “Señor, ¿su esposa sigue internada?”. Mi marido soltó mi cintura y respondió: “Te equivocaste de persona”. Yo terminé la fiesta sin decir nada. Días después encontré una fotografía escondida en su Biblia, y lo que decía detrás me llevó a investigar su primera boda.

Se las llevé a Patricia.

Con esos datos, mi abogada comenzó las gestiones para obtener las constancias oficiales.

Pocos días después, las pruebas estaban sobre su escritorio: un acta de matrimonio de 1997 y ningún registro de divorcio en las verificaciones realizadas. También había localizado antecedentes de un procedimiento de tutela iniciado en 2015.

Roberto figuraba como esposo de Adriana.

En nuestra acta matrimonial de 2001, él había declarado que era soltero.

Esa tarde, Mateo llegó a mi casa.

Daniela le había contado solamente lo que podía decir sin violar la privacidad de la paciente.

Mi hijo vio los documentos.

—Mamá, ¿entonces ustedes nunca estuvieron casados de verdad?

No supe responder.

Mateo llamó a Roberto delante de mí.

—Papá, ¿Adriana es tu esposa?

Escuché una respuesta apagada.

Mi hijo apretó los dientes.

—No vuelvas a decirme que nuestra familia es lo más importante para ti.

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