La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

—No me estoy haciendo la graciosa, Ofelia. Estoy intentando entender su lógica. Hace cinco minutos usted dijo que una vivienda vacía no debía desperdiciarse.

Se quedó mirándome, furiosa.

—¡No es lo mismo!

—Explíqueme la diferencia.

—¡Porque esa casa es mía!

—Y ésta es de mi mamá.

Su boca se abrió, pero no salió ninguna palabra.

Por primera vez desde que la conocía, Ofelia parecía haber encontrado un problema que no podía resolver hablando más fuerte que los demás.

De pronto tomó su celular.

—Voy a llamar a Raúl.

—Adelante.

Marcó.

Mi esposo contestó casi inmediatamente.

—¡Raúl! —chilló ella—. ¡Tu mujer metió a Rosario en mi casa!

Pude escuchar la voz confusa de mi marido desde donde estaba.

—¿Qué?

—¡Que tu tía Chayo está en mi departamento! ¡Con Beto! ¡Con costales de cebolla! ¡Y puso algo a fermentar en mi baño!

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