La ambulancia se llevó a mi madre esa noche; al día siguiente regresé a su departamento y mi suegra ya estaba instalándose como si fuera suyo. “No desperdicies una casa vacía”, me dijo mientras movía sus pertenencias. Yo no la eché ni discutí: hice una llamada de menos de dos minutos y, horas después, empezó su verdadero problema.

Hubo un silencio.

Después Raúl preguntó:

—¿Cómo entraron?

Ofelia me miró.

—¡Con unas llaves!

Yo levanté las cejas.

—Qué peligroso eso de entregar llaves ajenas, ¿verdad?

Mi suegra entendió la indirecta.

—¡Cállate!

Volvió al teléfono.

—Ven por mí inmediatamente. ¡Y luego vamos a sacar a esa mujer!

Raúl respondió algo que no alcancé a escuchar.

Ofelia colgó y comenzó a guardar sus cosas.

Ya no doblaba cuidadosamente sus blusas.

Las aventaba.

Sacó calcetines de un cajón, recogió una bolsa de cosméticos y metió tres pares de zapatos en una maleta.

—¿Ya se va?

—No te burles.

—Pero aquí se respira muy bien. Mire qué bonito está el parque.

—¡Me importa un demonio el parque!

—¿Y sus bronquios?

Me lanzó una mirada capaz de marchitar plantas.

—Esa mujer me va a destruir el departamento.

—Seguramente cuidará muy bien la propiedad.

—¡Tú no conoces a Rosario!

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