La Bufanda Verde Que Me Enseñó Que Cuidar También Significa Soltar

Lo llevaba dentro de una bolsa de papel, todavía tibio, mientras conducía hacia la residencia.

En el asiento del copiloto iba la bufanda verde.

La misma.

La vieja.

La de lana gastada que mi madre me ponía cuando yo era niño y salía hacia el colegio con las orejas coloradas por el frío.

Yo ya no sabía si llevaba la bufanda por ella o por mí.

Quizá por los dos.

Aquel martes, al entrar, noté algo raro.

No sé explicarlo.

El pasillo estaba igual de limpio.

Las mismas paredes claras.

El mismo olor a jabón, a comida suave y a medicinas.

La misma televisión encendida al fondo con el volumen un poco bajo.

Pero mi cuerpo lo supo antes que mi cabeza.

Algo no iba bien.

Una auxiliar joven, Laura, me vio desde la recepción y me hizo un gesto pequeño con la mano.

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