Tenía la mirada puesta en la calle.
En los árboles desnudos.
En los coches que pasaban.
En una vida que seguía moviéndose sin pedir permiso.
Mi madre no estaba sentada doblando servilletas, como otras veces.
Estaba de pie junto a una estantería, con el bolso en la mano.
Su bolso marrón.
Ese bolso que yo mismo había dejado en el armario de su habitación porque ella insistía en tenerlo cerca.
Lo llevaba colgado del brazo, bien sujeto, como si estuviera esperando un autobús.
Al verme, abrió los ojos con una alegría que me rompió.
“No sabes cuánto has tardado”, dijo.
Me quedé quieto.
No dijo mi nombre.
No esta vez.
Se acercó a mí y me agarró del brazo.
“Venga, que los niños salen a las cinco.”
Sentí que el suelo se me hundía.
Miré a mi padre.