“¿Cómo que no? ¿Tú quién eres para decirme eso?”
Ahí estaba.
La frase.
Tú quién eres.
Me la había dicho varias veces en casa.
Pero en la residencia dolió distinto.
Porque allí había testigos.
Porque allí yo ya no era el hijo que cuidaba.
Era el hombre que iba de visita.
Sentí que se me calentaban los ojos, pero no quise llorar.
No delante de ella.
No quería asustarla más.
Laura se acercó despacio.
“Carmen, cariño, ¿nos sentamos un momento?”
Mi madre apartó el brazo.
“No. Yo me voy a mi casa.”
Mi casa.
Dos palabras.
Nada más.
Dos palabras suficientes para abrirme el pecho.
Durante un segundo pensé en hacerlo.
De verdad.
Pensé en coger su abrigo, empujar la silla de mi padre, meterlos a los dos en el coche y llevarlos de vuelta al piso.
Pensé en deshacer la cama estrecha de la residencia.