En vaciar el armario.
En pedir perdón.
En decirles que todo había sido un error.
Que su hijo se había asustado.
Que ya estaba.
Que volvíamos a casa.
Pero entonces vi las manos de mi padre.
Temblaban sobre la manta.
Vi cómo intentaba levantar un dedo para llamar mi atención.
Apenas podía.
Me acerqué a él.
Me habló tan bajo que tuve que inclinarme.
“No la lleves”, murmuró.
Cerré los ojos.
“No puedo verla así, papá.”
Él respiró despacio.
“Yo tampoco.”
Luego hizo un esfuerzo para mirarme.
“Pero en casa estábamos peor.”
No dijo más.
No hizo falta.
En casa estaba el recipiente de plástico derretido.
Estaba él caído entre la cama y la mesita.
Estaban mis noches sin dormir.
Estaba mi rabia.
Estaba mi miedo.
Estaba esa versión de mí que empezaba a contestar mal, a respirar fuerte, a cerrar puertas con más fuerza de la necesaria.