Yo quería recuperar a mis padres.
Pero también necesitaba no perderme a mí mismo.
Volví junto a mi madre.
Ella seguía de pie con el bolso en la mano.
Esta vez no intenté explicarle nada.
No le dije que estaba enferma.
No le dije que ya no había niños esperando.
No le dije que su casa ahora era otra.
Solo levanté la bufanda verde.
“Mamá”, dije, “mira lo que he traído.”
Sus ojos bajaron a la lana.
Algo cambió en su cara.
No fue un milagro.
No volvió del todo.
Pero la prisa desapareció un poco.
Soltó mi brazo y tocó la bufanda con dos dedos.
“Esta es buena”, dijo.
“Sí.”
“Se la ponía a mi niño.”
“Lo sé.”
La tomó con las dos manos y se la acercó al pecho.
“Siempre se la quitaba en cuanto doblaba la esquina.”
Me quedé helado.