Pero sonó como un pequeño regreso.
Laura nos trajo tres platos pequeños y café para mi padre y para mí.
A mi madre le pusieron una infusión.
Corté el bizcocho con un cuchillo de plástico.
Era una escena sencilla.
Casi ridícula.
Tres personas alrededor de un trozo de bizcocho, intentando fingir que el mundo no se había movido demasiado.
Pero allí, en ese momento, entendí algo.
A veces una familia no se salva con grandes discursos.
A veces se salva con una bufanda vieja.
Con una visita cumplida.
Con un pedazo de bizcocho.
Con quedarse sentado aunque duela.
Durante las semanas siguientes seguí yendo todos los martes.
Al principio, solo los martes.
Luego empecé a ir también algún jueves.
No siempre avisaba.
Había días en los que mi madre me recibía como si me hubiera visto esa misma mañana.