La Bufanda Verde Que Me Enseñó Que Cuidar También Significa Soltar

Cuando ella vio la foto, se quedó callada.

La tomó con las dos manos.

“Qué niño más guapo”, dijo.

Yo sonreí.

“Era un poco trasto.”

Ella levantó la mirada.

Me estudió la cara.

Y entonces dijo:

“Se parece a ti.”

No supe si me había reconocido o no.

Pero ya no me importó tanto.

Porque de alguna manera, estaba cerca.

Pasó el invierno.

Los martes se convirtieron en una costumbre.

El personal ya me conocía.

Algunos residentes también.

Un señor llamado Vicente siempre me pedía que le leyera los titulares del periódico, aunque luego se quedaba dormido en mitad de la segunda noticia.

Una mujer pequeña, Rosario, decía que mi bizcocho olía mejor que el de la cocina.

Yo llevaba de más.

Sin darme cuenta, la residencia dejó de ser solo el lugar donde había dejado a mis padres.

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