Empezó a ser el lugar donde todavía podía encontrarlos.
No como antes.
Nunca como antes.
Pero sí de otra forma.
Una tarde de marzo, Laura me llamó.
Otra vez el corazón se me cayó al suelo.
No importa cuántas veces te llamen.
Cuando ves el número de una residencia, siempre piensas lo peor.
“Javier, no te asustes”, dijo rápido. “No es una urgencia.”
Me apoyé en la pared del pasillo del trabajo.
“¿Qué pasa?”
“Tu padre quiere pedirte algo, pero le da vergüenza.”
Eso me desconcertó.
Fui esa misma tarde.
Mi padre estaba serio, como si tuviera que firmar una hipoteca.
Mi madre dormía en un sillón, con la bufanda verde sobre el pecho.
Me senté frente a él.
“¿Qué necesitas, papá?”
Tardó en contestar.
Miró a mi madre.
Luego a mí.
“Quiero que traigas la radio.”
“La de casa?”
Asintió.