“La pequeña. La que estaba en la cocina.”
Yo sabía cuál era.
Una radio vieja, blanca, con una rueda que hacía ruido al girarla.
“Claro.”
Mi padre tragó saliva.
“Tu madre y yo bailábamos con esa radio.”
Me quedé mirándolo.
Yo no sabía eso.
O quizá lo había visto de pequeño y lo había olvidado.
“Ya no puedo bailar”, dijo, mirando sus piernas.
La voz se le rompió un poco.
“Pero puedo acordarme.”
Al día siguiente llevé la radio.
Conseguí pilas.
Costó encontrar una emisora sin ruido, pero al final salió música.
Una canción antigua.
De esas que parecen pertenecer a todas las casas españolas de cierta edad.
Mi madre abrió los ojos.
Al principio no entendió.
Luego miró la radio.
Después miró a mi padre.
“Antonio”, dijo.
Mi padre cerró los ojos.
Fue la primera vez en semanas que ella dijo su nombre.