La Bufanda Verde Que Me Enseñó Que Cuidar También Significa Soltar

No “ese señor”.

No “mi hermano”.

No “el hombre de la ventana”.

Antonio.

Él extendió una mano temblorosa.

Ella se la tomó.

No bailaron.

No podían.

Pero movieron los dedos al ritmo de la música.

Sentados.

Viejos.

Rotos.

Juntos.

Yo me aparté un poco para no molestar.

Pero mi madre giró la cabeza.

“Javier”, dijo.

Me llamó con una naturalidad que casi me dolió más que el olvido.

“Ven aquí.”

Me acerqué.

Ella me puso la bufanda verde en las manos.

“Que no coja frío el niño.”

Y entonces lo entendí.

Para ella, en algún rincón de su mente, yo era muchas edades al mismo tiempo.

Era el niño de la bufanda.

Era el hombre que la visitaba.

Era el hijo que a veces reconocía.

Era el extraño amable.

Todo mezclado.

Todo suyo.

Me senté a su lado y apoyé la cabeza un momento en su hombro.

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