Y piensas:
“Aquí también hay vida.”
No la vida que queríamos.
No la vida que habríamos elegido.
Pero vida.
Un martes de abril pasó algo que nunca voy a olvidar.
Llegué más tarde porque había mucho tráfico.
Entré apurado, con el bizcocho en una mano y disculpas preparadas en la boca.
Mi madre estaba en la sala común.
Mi padre, junto a ella.
Y sobre la mesa había varias servilletas dobladas formando una especie de paquetitos.
Mi madre las señalaba, muy seria, mientras una auxiliar la escuchaba con paciencia.
“Estos son para mi hijo”, decía. “Que trabaja mucho y come mal.”
Me quedé en la puerta.
Laura me vio y sonrió.
“No hemos querido moverlas.”
Me acerqué despacio.
Mi madre levantó la vista.
No sé si me reconoció.
Tal vez sí.
Tal vez no.
Pero me señaló las servilletas.