“Llévate eso.”
“¿Para mí?”
“Claro. Para que tengas la mesa decente.”
Me reí.
Con un nudo en la garganta.
“Gracias, mamá.”
Mi padre me miró.
Tenía los ojos brillantes.
“Tu madre siempre ha sabido cuidar de ti”, dijo.
Y era verdad.
Incluso allí.
Incluso con la memoria rota.
Incluso confundiendo días, caras y lugares.
Seguía cuidando de mí a su manera.
Guardé una de aquellas servilletas en el bolsillo de la chaqueta.
Todavía la tengo.
No la uso.
No la lavo.
No la enseño casi nunca.
Pero a veces la toco con los dedos cuando la culpa vuelve a apretar.
Y recuerdo que no todo se perdió.
Unos meses después, la residencia organizó una merienda para las familias.
Nada elegante.
Mesas con manteles de papel.
Café.
Galletas.
Tortilla.
Música suave.
Yo fui con miedo, como siempre que hay algo nuevo.
Pensé que mi madre estaría nerviosa.