Que mi padre se cansaría.
Que quizá todo saldría mal.
Pero no.
Mi madre llevaba el pelo peinado y los labios pintados un poco torcidos.
Mi padre tenía una camisa azul que Laura le había ayudado a elegir.
Cuando me vieron entrar, mi madre levantó la mano.
“Ha venido mi niño”, dijo.
Mi padre añadió:
“Ya era hora.”
La gente se rió.
Yo también.
Me senté con ellos.
Comimos despacio.
Mi madre me puso una galleta en el plato sin preguntarme.
Mi padre protestó porque el café estaba flojo.
Durante una hora casi normal, fuimos una familia casi normal.
No perfecta.
No completa.
Pero juntos.
Al final pusieron música.
La misma canción que había sonado en la radio aquel día.
O eso quiso creer mi padre.
Me pidió que acercara su silla a la de mi madre.
Lo hice.