Él le tomó la mano.
Ella lo miró un rato.
“¿Nos conocemos?”, preguntó.
Mi padre respiró hondo.
Sonrió.
“Mucho.”
Ella pareció pensar la respuesta.
Luego dijo:
“Entonces estará bien.”
Y apoyó su mano sobre la de él.
Yo miré esas dos manos.
Arrugadas.
Lentas.
Cansadas.
Dos manos que habían trabajado, cocinado, limpiado, abrazado, discutido, criado, sostenido.
Dos manos que se habían encontrado al final en un lugar que ninguno de los dos habría imaginado.
Y pensé que quizá el amor no siempre sabe dónde está.
Pero a veces todavía reconoce una mano.
Aquella noche, antes de irme, mi padre me pidió que me acercara.
“Javier”, dijo.
“Sí, papá.”
“Hazme un favor.”
“Lo que quieras.”
Miró a mi madre, que estaba medio dormida con la bufanda verde en el regazo.
“No dejes de vivir.”
Me quedé callado.
“No vengas por culpa”, siguió. “Ven por cariño. Y cuando no puedas venir, no te castigues.”