Lo peor no era el cansancio.
Lo peor era empezar a enfadarme con ellos.
Y luego odiarme por sentir eso.
Porque uno no debería enfadarse con su madre enferma.
Uno no debería mirar a su padre, indefenso en la cama, y pensar: “No puedo más”.
Pero yo lo pensé.
Más de una vez.
El punto de quiebre llegó la semana pasada.
Llegué a casa más tarde de lo normal. Encontré a mi padre medio caído junto a la cama, atrapado entre el colchón y la mesita. No podía moverse. Se había hecho encima.
Cuando fui a levantarlo, me agarró la muñeca con la poca fuerza que le quedaba.
“No me mires, hijo”, murmuró.
Esa frase me partió por dentro.
Fui corriendo a la cocina y encontré a mi madre frente a la vitrocerámica. Había puesto un recipiente de plástico sobre el fuego encendido. Estaba vacío, deformado, soltando un olor espantoso.