Ella me sonrió como si nada.
“Estoy preparando la comida para los niños”, dijo.
En ese momento entendí algo que no quería aceptar.
Yo ya no estaba salvando a nadie.
Solo estaba dejando que todos nos hundiéramos más despacio.
Al día siguiente llamé a una residencia.
La palabra me supo a traición.
El día que los llevé, mi madre se arregló como si fuéramos a pasar el fin de semana fuera. Se pintó los labios un poco torcidos, pero con orgullo, y me preguntó si el sitio tenía comedor bonito.
Mi padre no dijo casi nada.
Se sentó en el coche con las manos sobre las rodillas y miró por la ventanilla todo el camino.
Antes de entrar, me tocó el brazo.
“Cuida de tu madre”, me dijo.
No pude responder.
Dentro todo estaba limpio. Demasiado limpio. Pasillos claros, sillones, cuadros en las paredes, una mujer amable que nos recibió con una sonrisa tranquila.