Y aun así, yo sentía que estaba haciendo algo terrible.
Dejé la bolsa de mi madre junto al armario. Ella se sentó en la cama y pasó la mano por la colcha.
“Está bonito aquí”, dijo. “¿Y Javier cuándo viene?”
Yo estaba delante de ella.
A menos de un metro.
Tragué saliva y contesté:
“Pronto, mamá.”
Después salí.
En el coche apoyé la frente en el volante y lloré como no había llorado desde niño.
Durante cuatro días no fui a verlos.
No porque los hubiera olvidado.
Sino porque tenía miedo.
Miedo de que mi padre me mirara como a un cobarde. Miedo de que mi madre me pidiera volver a casa. Miedo de recoger sus cosas, llevarlos de regreso y seguir destruyéndonos todos.
Al quinto día sonó el teléfono.
Era la residencia.
Sentí que el corazón se me caía al suelo.