Una cuidadora me dijo:
“Su madre pregunta por una bufanda verde. Dice que es de su niño.”
Supe al instante cuál era.
Una bufanda vieja de lana que ella me ponía cuando iba al colegio. Yo no la usaba desde hacía años. Estaba al fondo de un cajón, guardada sin saber por qué.
Fui a casa, la busqué y conduje hasta la residencia.
Mi padre estaba en una silla de ruedas, junto a la ventana. Se veía cansado, pero no perdido.
Mi madre estaba sentada en una mesa, doblando servilletas despacio, una sobre otra. Igual que antes doblaba los trapos en su cocina.
Cuando vio la bufanda, la tomó con las dos manos y se la apretó contra la mejilla.
“Mi niño siempre tenía frío en el cuello”, dijo.
Luego levantó la vista.
Me miró.
Y por un segundo, solo por un segundo, sus ojos volvieron.