La cajera esbozó una sonrisa claramente falsa.
—Señor, las personas en su… situación… suelen encontrar más fácil el cajero automático. Menos papeleo.
—El cajero no me da dos mil.
—Entonces quizá usted no necesita dos mil.
Se me encendió la cara.
—Está pidiendo su propio dinero —le dije.
Ella levantó el teléfono de su escritorio.
—¿Raúl? ¿Puedes venir a la ventanilla tres? Tengo a un señor que se está alterando.
El abuelo no estaba alterado en absoluto. Solo estaba ahí, de pie, con la gorra entre las manos, como si estuviera en misa.
El guardia de seguridad se acercó con la mano apoyada justo sobre el cinturón.
—Señor, voy a pedirle que se haga a un lado.
El abuelo se hizo a un lado. No puso resistencia. Solo miró más allá del guardia y de la máquina de café, hacia la oficina de cristal del fondo.