La cajera del banco humilló a mi abuelo de 86 años por su overol lleno de barro, hasta que el presidente salió corriendo

Y lo primero que dijo hizo que la mujer que se había reído en la fila saliera rápidamente del edificio…
Las primeras palabras del presidente

—Don Ramón —dijo Héctor, y le tomó las dos manos con una emoción que nadie en aquel vestíbulo había visto antes—. Perdóneme. Nadie me avisó de que estaba aquí.

La cajera dejó de sonreír. El guardia retiró la mano del cinturón como si le hubiera quemado.

—¿Lo conoce? —alcanzó a preguntar ella, con un hilo de voz.

Héctor se giró despacio.

—¿Que si lo conozco? Hace treinta y ocho años este banco estaba a una semana de cerrar. Los campos no daban cosecha, los clientes retiraban todo y las oficinas de la competencia ya se repartían nuestros archivos. Un hombre entró un martes, con el mismo overol y las mismas botas, y puso la escritura de su campo como garantía para que pudiéramos seguir abriendo. No pidió una foto en el periódico. No pidió un cargo. Solo pidió que nunca dejáramos de atender a la gente del pueblo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *