Nadie dijo nada. Hasta la máquina de café parecía hacer menos ruido.
—Don Ramón Ibarra —siguió Héctor— es uno de los accionistas fundadores de este banco. Y esta ventanilla, señorita, existe gracias a él.
Lo que respondió el abuelo
La cajera se puso pálida. Intentó decir algo, pero no le salieron las palabras. Yo la miraba y, a pesar de la rabia que había sentido minutos antes, noté que le temblaban los dedos sobre el teclado.
Héctor se volvió hacia ella.
—Voy a preguntarle una sola vez qué ocurrió aquí.
Antes de que pudiera contestar, el abuelo levantó una mano.
—Déjala, Héctor.
—Don Ramón, esto no se puede…
—No he venido a que despidan a nadie. —Giró la gorra entre los dedos—. He venido a buscar mis dos mil para arreglar la cosechadora, porque la cosecha no espera.
La cajera tragó saliva.