La cajera del banco humilló a mi abuelo de 86 años por su overol lleno de barro, hasta que el presidente salió corriendo

Nadie dijo nada. Hasta la máquina de café parecía hacer menos ruido.

—Don Ramón Ibarra —siguió Héctor— es uno de los accionistas fundadores de este banco. Y esta ventanilla, señorita, existe gracias a él.
Lo que respondió el abuelo

La cajera se puso pálida. Intentó decir algo, pero no le salieron las palabras. Yo la miraba y, a pesar de la rabia que había sentido minutos antes, noté que le temblaban los dedos sobre el teclado.

Héctor se volvió hacia ella.

—Voy a preguntarle una sola vez qué ocurrió aquí.

Antes de que pudiera contestar, el abuelo levantó una mano.

—Déjala, Héctor.

—Don Ramón, esto no se puede…

—No he venido a que despidan a nadie. —Giró la gorra entre los dedos—. He venido a buscar mis dos mil para arreglar la cosechadora, porque la cosecha no espera.

La cajera tragó saliva.

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