—Puede pasar —dijo.
Gabriel cruzó.
No hablaron de bodas.
No hicieron promesas grandes.
Durante mucho tiempo, lo único que compartieron fueron trabajos pequeños: reparar una cerca, separar semilla, revisar un ternero enfermo, preparar café antes de que saliera el sol.
Jacinta todavía visitaba la tumba de Mateo.
Gabriel nunca compitió con un muerto.
Quizá por eso ella empezó a verlo como alguien con quien podía construir algo que no borrara lo anterior.
Tomás volvió a trabajar por temporadas, aunque ya no aceptaba órdenes que no estuvieran claras.
Lucero envejeció en un potrero cercano a la casa.
Jacinta jamás volvió a ponerle la montura de Mateo.
El fragmento de cincha permaneció guardado durante el tiempo necesario como parte del caso.
Cuando finalmente se lo devolvieron, ella no lo colocó en una caja de recuerdos.
Tampoco lo quemó.
Lo llevó al cobertizo y lo dejó junto a las herramientas viejas.