—¿Cuánto vale mi silencio, Severiano?
Él endureció la mandíbula.
—Estás convirtiendo una desgracia en una acusación.
—Yo no mencioné ninguna acusación.
Severiano comprendió demasiado tarde que había respondido a algo que ella no había dicho.
Jacinta sostuvo su mirada.
—¿Qué desgracia crees que estoy convirtiendo en acusación?
El caballo de Severiano golpeó la tierra con una pata.
Él tomó las riendas más cortas.
—Mateo murió por una caída.
—Eso dijeron.
—Eso pasó.
—Entonces no debería preocuparte que haga preguntas.
Severiano inclinó el cuerpo hacia ella.
—Hay preguntas que cuestan más de lo que una viuda puede pagar.
Después se marchó.
Jacinta lo vio alejarse sin sentir la satisfacción que había imaginado tantas veces al enfrentarlo.
Sintió miedo.
Pero era un miedo diferente.
Ya no era el miedo de perder la hacienda.
Era el miedo de comprender qué podía haber detrás de ella.