Su dedo se movió una vez.
—¿Tengo nueve años?
Su dedo se movió dos veces.
Mi corazón empezó a latir con fuerza. Le pedí a Noah que apartara la mano y después le pregunté a Emma:
—¿Noah tiene siete años?
Tras una pausa, su dedo se movió una vez.
Me quedé mirándola, completamente atónito.
—¿Desde cuándo sucede esto?
—Desde hace unos cuatro sábados —susurró Noah.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Lo intenté, pero todos decían que las personas en coma a veces se mueven.
Me sentí fatal.
—¿Y por qué no volviste a decírmelo?
Me miró con tristeza.
—Tú tampoco me habrías creído.
Entonces me explicó que había escuchado a su abuela y a mí hablar sobre mantenerlo alejado del hospital. Pensó que dejaríamos de llevarlo a visitar a Emma.
Lo abracé.
—Solo estábamos preocupados por ti.