La Mentira Más Bonita del Hombre Tatuado que Salvó a una Anciana

Compró una botella de agua, como la otra vez.

La dejó en mi caja sin mirarme.

—No te preocupes —murmuró—. Vengo, pago y me voy.

Yo cogí el sobre de debajo del mostrador.

—Doña Carmen ha venido hoy.

Se quedó quieto.

Completamente quieto.

Como si alguien hubiera apagado el mundo a su alrededor.

—¿Está bien? —preguntó.

—Está preocupada por ti.

Rafa soltó una risa amarga.

—No debería.

Le tendí el sobre.

—Me ha pedido que te dé esto.

No quería cogerlo.

Lo vi en sus manos.

Esas manos enormes, llenas de marcas, capaces de cargar sacos de pienso como si no pesaran nada, temblaban como las de un niño.

—Lo sabe, ¿verdad? —susurró.

No contesté.

No hacía falta.

Rafa abrió el sobre despacio.

Sacó primero la foto.

En la imagen se veía a un hombre joven, delgado, con sonrisa torcida, agachado junto a un pastor alemán cachorro que parecía más orejas que perro.

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