Ella levantó un dedo.
—Ni se te ocurra.
Yo pasé los productos despacio, disfrutando aquel momento como quien ve florecer una maceta que creía seca.
Cuando terminé, Carmen sacó su monedero desgastado.
Ya no temblaba como aquella primera vez.
Dentro llevaba billetes pequeños, monedas ordenadas y una foto de Carlos doblada con cuidado.
Pagó.
Luego miró a Rafa.
—Y ahora tú me vas a dejar invitarte a cenar sin poner esa cara de perro abandonado.
Rafa bajó la cabeza.
—Sí, señora.
—Y no me llames señora.
—Sí, Carmen.
Bruno soltó un ladrido suave, como si aprobara el trato.
La gente de la cola sonrió.
Nadie se impacientó.
Nadie resopló.
A veces un barrio también aprende.
Aquel día, cuando se marcharon, los vi por el ventanal.
Carmen caminaba en medio.
Rafa a un lado.
Bruno al otro.
Los tres lentos.
Los tres torcidos a su manera.