Miré a Sofía, que dormía plácidamente en el sillón ajena al terremoto que estaba a punto de desatarse sobre nuestras vidas. En su rostro no quedaban rastros de la humillación de la tarde, solo la paz de una niña que sabía que su madre estaba cuidando de ella.
—No voy a tener piedad, don Ernesto —le dije, levantándome de la silla con una determinación que jamás en mi vida había experimentado—. Me pisotearon a mí durante años y lo aguanté porque creía que una madre siempre tiene la razón. Pero intentaron destruir la dignidad de mi hija. Le pusieron un plato en el suelo para que comiera como un animal. Quisieron convencerla de que era una muerta de hambre mientras se vestían con el dinero que su abuelo le dejó.
—Así me gusta escucharte, muchacha —asintió el viejo abogado, guardando los documentos en un portafolios de cuero grueso—. Esta noche descansa. Quédate aquí con la niña; en el piso de arriba hay dos habitaciones preparadas. Mañana a las siete de la mañana nos vemos en mi despacho para firmar las querellas penales. Pero primero, sé que tienes que cumplir con tus compromisos en la panadería. No les des motivos para acusarte de nada laboral.