La noche cayó sobre la ciudad de Puebla con un manto oscuro y silencioso.

—Gracias, don Ernesto.

—No me des las gracias todavía, hija. Esta gente no sabe perder. Cuando el cerco se cierre, van a morder como fieras acorraladas. Tienes que mantenerte firme.

A las siete y media dejé a Sofía en la escuela primaria, asegurándome de darle instrucciones estrictas a la directora del plantel: bajo ninguna circunstancia, ni por orden de su abuela ni de su tía, la niña podía salir del colegio con otra persona que no fuera yo en persona. Dejé asentada una notificación por escrito firmada por mi abogado.

Quince minutos después entré por la puerta trasera del obrador de panadería «La Flor de Puebla», donde trabajaba desde hacía seis años. El olor familiar a masa madre fermentada, levadura fresca y canela me envolvió como un bálsamo reconfortante. Me calcé el delantal blanco, me até el cabello con una cofia y me puse a trabajar junto a mis compañeros amasadores.

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