—Déjala decidir cómo recibir ayuda.
Caleb cerró la boca.
Aquella segunda corrección le molestó apenas un instante, principalmente porque sabía que su padre tenía razón.
No se trataba de convertir a Olivia en alguien agradecida con él.
Se trataba de devolverle margen de decisión.
Durante el traslado, Caleb cargó la bolsa gastada mientras Olivia sostenía a dos de los bebés y George llevaba al tercero con una torpeza cuidadosa que hizo sonreír a Olivia otra vez.
El bebé agarró uno de los dedos del anciano y no quiso soltarlo.
—Parece que ya me contrató —murmuró George.
—Y sin entrevista —respondió Caleb.
—Mejor que tus métodos.
Olivia bajó la cabeza para esconder otra sonrisa.
Aquella noche, cuando Caleb regresó a su apartamento, encontró algo que nunca había notado.
La casa estaba impecable.
Las superficies brillaban.
Las toallas estaban dobladas.